Estudio de Javier Souza Casadinho destaca cómo horticultores bonaerenses eliminan agroquímicos mediante biodiversidad, bioinsumos y saberes tradicionales en 28 unidades del AMBA. Prácticas viables que promueven soberanía alimentaria y salud socioambiental.
En el corazón del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), donde la horticultura abastece el 90% de las verduras de hoja para la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y nutre a 15 millones de habitantes en toda la provincia, un cambio silencioso pero profundo está transformando el campo periurbano. Desde 2.500 predios que ocupan entre 10.000 y 61.000 hectáreas —el 45% en manos de agricultura familiar—, estas familias agricultoras enfrentan la presión implacable de la urbanización y la especulación inmobiliaria que devora tierras fértiles.
Pero no se rinden. Ante el drástico aumento de plaguicidas: de 35 a 580 millones de kg/litros entre 1990 y 2022, que contaminan suelos, agua y alimentos, matan insectos benéficos y generan resistencias letales, y graves episodios como la reciente explosión en una fábrica de agroquímicos en Ezeiza que dejó 20 heridos, incendió plantas químicas y generó humo tóxico, alertando sobre riesgos industriales en la provincia de Buenos Aires, optan por la transición agroecológica.
Javier Souza Casadinho, investigador de la Cátedra de Sociología y Extensión Agraria de la FAUBA y la Red de Acción en Plaguicidas y sus Alternativas de América Latina, documentó esta transición en un estudio cualitativo basado en visitas a 28 unidades productivas pare el trabajo titulado “La utilización de estrategias, prácticas y tecnologías agroecológicas en la horticultura bonaerense”, presentado en el Área Temática N°1 “Diseño y manejo de sistemas productivos agroecológicos” del IV Congreso Argentino de Agroecología, un evento clave que reúne a investigadores, productores y organizaciones para debatir transiciones ecológicas en la agricultura.
En distritos como Escobar, La Plata, Florencio Varela, Marcos Paz, Luján y Moreno, existe una agricultura que prescinde por completo de químicos sintéticos. Diseñan agroecosistemas integrales que recrean la vida: cultivos hortícolas entrelazados con árboles nativos y exóticos, cría animal y flujos naturales de nutrientes.

Rotaciones estratégicas con alfalfa, avena y vicia como abonos verdes preparan el terreno para siembras principales, mientras arados multicorte, vibrocultivadores y cincel profundizan suelos y entierran plagas en sus etapas más vulnerables.
La nutrición integral llega vía compost en almácigos, rumen de vaca de frigoríficos, biodigestores y hasta estiércol humano de baños secos procesado con seguridad. Cubiertas de pasto seco y hojas mantienen la humedad; plástico negro resguarda frutillas de malezas.
La biodiversidad es la aliada estrella: siembras densas sombrean plantas silvestres, ortigas y tréboles crecen entre hileras, flores vistosas como caléndulas, tagetes y dalias atraen polinizadores, predadores y parásitos que custodian los cultivos.
Abonos foliares caseros como Supermagro (estiércol y sales minerales), caldo de cenizas o fosfito de conchillas pulverizadas fortalecen las plantas desde las hojas.
Para plagas específicas, el arsenal natural brilla: Apichi —mezcla fermentada de ají y pimienta—, purín de ortiga como energizante, alcohol de ajo y ruda, preparados biodinámicos con milenrama, cola de caballo, estiércol en cuernos o sílice de cuarzo.
Arañuelas (Tetranychus sp.) caen ante ajo, neem comercial, sulfocálcica y purín de ortiga. Hormigas (Acromirmex sp.) retroceden con tierra de diatomeas, Beauveria bassiana, sal granulada o cáscaras de naranja en sus caminos. La temida oruga de tomate (Tuta absoluta) se contiene con Bacillus thuringiensis, rotaciones profundas, almácigos bajo mallas y trampas de luz. Moscas blancas sucumben en trampas adhesivas amarillas o azules, jabón potásico y aceites vegetales.Pulgones responden a infusiones de ruda, ajenjo, orina de vaca diluida al 1% o extracto casero de paraíso. Nematodos repelen con alelopatía de caléndulas y tagetes, biofumigación de mostaza y rotaciones resistentes.
Souza Casadinho concluye con firmeza: “Es posible, viable y sustentable producir bajo el paradigma agroecológico, incluso con limitaciones legales sobre la tierra”. Estos sistemas recrean ciclos naturales, recuperan saberes ancestrales y tejen lazos entre productores, trabajadores y consumidores.
Datos de INTA y la Red Plaguicidas validan esta senda hacia la soberanía alimentaria, demostrando que la horticultura bonaerense puede ser sana, ecológica y resistente frente al modelo extractivista dominante.
Invitamos a descargar y leer el trabajo completo:

