Investigadores argentinos lideraron y aportaron los estudios científicos para la evaluación del organismo internacional. Los mejores suelos del mundo, contaminados y sin reposición de nutrientes.
El nuevo informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), titulado Status of the World’s Soil Resources, expone la delicada situación ambiental de las tierras argentinas. La evaluación de la Cuenca del Plata contó con la autoría principal de Miguel Taboada y las contribuciones de Alejandro O. Costantini y Guilhermo A. Studdert, mientras que Juan Cruz Colazo, Diego Sebastián Fernández y Ludmila La Manna aportaron en la sección de los Países Andinos y la Patagonia.
Las investigaciones integradas por la FAO muestran que la erosión hídrica genera pérdidas de productividad en cultivos pampeanos, fundamentándose en los análisis de erodibilidad y pérdida de suelo de R. Casas, R. Godagnone, J. C. de la Fuente y J. Gaitán. A su vez, estudios de Ludmila La Manna documentan la erosión eólica y el deterioro de la materia orgánica en suelos volcánicos de la Patagonia sujetos al sobrepastoreo.
En el aspecto químico, relevamientos de H. Sainz-Rozas, M. Eyherabide, G. Larrea y N. Wyngaard advierten sobre la caída en los niveles de carbono orgánico y la extracción de cationes reservorio. Esta dinámica se suma al déficit anual de nitrógeno, fósforo y azufre determinado por D. D. de Astarloa y W. Pengue. En materia ambiental, investigaciones de V. Aparicio y K. Hernández Guijarro señalan la baja tasa de degradación y acumulación del metabolito AMPA (proveniente del glifosato) en suelos agrícolas.
El diagnóstico de la FAO concluye que, si bien Argentina destaca con 33 millones de hectáreas bajo siembra directa, resulta indispensable diversificar las rotaciones y mejorar la reposición de nutrientes para frenar el deterioro de sus tierras. El reporte destaca que Argentina cuenta en la Cuenca del Plata y la Región Pampeana con una predominancia de suelos negros (Chernozems y Phaeozems), considerados entre los mejores del mundo para la producción de cultivos por su elevada fertilidad natural y alto contenido de materia orgánica.
En el plano tecnológico, el país se ubica dentro del top 15 mundial en agricultura de conservación, habiendo alcanzado cerca de 33 millones de hectáreas bajo siembra directa hacia la campaña 2018/2019, cifra en la región solo superada por Brasil con 43 millones de hectáreas. No obstante, en las clasificaciones regionales sobre gestión de nutrientes, Argentina aparece agrupada entre los países con indicadores marcadamente negativos debido a un régimen persistente de «minería» de nutrientes, registrando déficits anuales de nitrógeno, fósforo, potasio y azufre causados por la extracción agrícola sin una reposición adecuada de fertilizantes
Compleja situación ambiental
La erosión hídrica afecta a más de un millón de kilómetros cuadrados, registrando pérdidas económicas estimadas en 10.060 millones de dólares debido a la menor productividad en cultivos clave como soja, trigo y maíz. En tanto, en la Patagonia y la Puna, la combinación de deforestación y sobrepastoreo aceleran los procesos de erosión eólica y desertificación.
A la degradación física se suma el agotamiento químico o “minería de nutrientes”. El país sostiene un déficit anual promedio de 22.4 kg/ha de nitrógeno, 6.9 kg/ha de fósforo y 2.1 kg/ha de azufre, junto con un balance marcadamente negativo en potasio. Actualmente, el 65.9% del nitrógeno ingresado a las tierras agrícolas proviene de la fijación biológica y solo un 25.9% de fertilizantes sintéticos. Esta baja reposición de nutrientes y la simplificación de rotaciones han reducido las reservas de carbono orgánico en la fértil Región Pampeana.
Aunque Argentina destaca mundialmente con 33 millones de hectáreas bajo siembra directa, el modelo afronta desafíos ambientales. La elevada dependencia de plaguicidas ha derivado en la presencia de AMPA, metabolito del glifosato, con bajas tasas de degradación en los suelos pampeanos. A esto se añade la presión urbana no planificada sobre periurbanos agrícolas y focos de contaminación industrial en cuencas como Matanza-Riachuelo

El estado del uso de agroquímicos y fertilizantes en Argentina (Informe FAO 2026)
1. Uso de herbicidas y dinámica en el suelo
Los herbicidas representan la principal fuente de contaminación difusa en los suelos agrícolas del país, empleados de forma masiva para el control de malezas en sistemas de siembra directa. Estudios publicados entre 2017 y 2021 confirman que el glifosato es el compuesto de mayor uso en Argentina. Investigaciones específicas (Hernández-Guijarro et al., 2018) señalan que su aplicación altera la red de asociaciones bacterianas del suelo. Aunque la biodegradación es el mecanismo principal de degradación del glifosato (Bento et al., 2019; Fernandez-Gnecco et al., 2021), su metabolito secundario (AMPA) se degrada a una velocidad menor a la esperada en suelos pampeanos, lo que genera un impacto acumulativo continuo en las tierras agrícolas. Asimismo, análisis recientes (Fernandes et al., 2018, 2023) indican que los residuos de plaguicidas se impregnan y persisten en los biofilms epilíticos de los sedimentos de los ríos, por lo que su monitoreo en sedimentos resulta indispensable.
2. Monitoreo ambiental de agua y suelo (INTA y CREA)
En un relevamiento realizado entre 2011 y 2013 por el INTA y CREA sobre 1 357 muestras de agua superficial y subterránea en el oeste y sudeste pampeano (Vázquez-Amábile et al., 2018), la mayoría de los residuos de plaguicidas se mantuvieron por debajo del límite de cuantificación (LOQ) y lejos de los umbrales críticos. No obstante, la presencia de contaminantes se vinculó directamente con eventos de precipitaciones intensas, detectándose AMPA en aguas de superficie como consecuencia de la erosión hídrica producida tras lluvias extremas registradas en 2012. El estudio aportó además datos sobre nitratos en fuentes hídricas: los niveles promediaron 5 mg/L en cursos de agua superficial, pero superaron los 10 mg/L en agua subterránea en múltiples puntos de monitoreo.
3. Marcos regulatorios, cercanía urbana y contaminación industrial
La convivencia geográfica entre ciudades de mediano y gran tamaño y explotaciones agrícolas extensivas genera un riesgo constante de contaminación del suelo y de exposición para las poblaciones locales. A nivel normativo, un estudio comparativo (Pérez et al., 2021) advierte que Argentina y Brasil carecen de restricciones regulatorias para proteger la vida acuática ante el uso de agroquímicos masivos como atrazina, acetocloro, imidacloprid y glifosato. Adicionalmente, el informe incorpora problemáticas de contaminación puntual grave: en la cuenca urbana y periurbana Matanza-Riachuelo (Buenos Aires), se identifican altos niveles de metales pesados (Cromo, Plomo, Cadmio y Níquel), junto con contaminación por nitratos e hiperfertilización con fósforo provocada por vertidos industriales e hidrocarburos (Mendoza et al., 2015; Ceballos et al., 2021).
4. Balance de fertilizantes e insumos sintéticos (Período 2017–2021)
En el balance de nutrientes registrado entre 2017 y 2021, los suelos agrícolas reciben un ingreso total promedio de 117.8 kg/ha de nitrógeno (N) por año. De este total, solo el 25.9% proviene de fertilizantes sintéticos, mientras que la fijación biológica (BNF) aporta el 65.9% y el estiércol el 3.7%. En el caso del fósforo (P), el aporte anual es de 8.1 kg/ha, proveniendo el 88.9% de fertilizantes sintéticos. Pese a la aplicación de fertilizantes, los estudios de balance (de Astarloa y Pengue, 2018; Koritschoner et al., 2023) demuestran que Argentina mantiene un régimen persistente de minería de nutrientes, con déficits anuales netos de 22.4 kg/ha de N, 6.9 kg/ha de P y 2.1 kg/ha de azufre (S). A esto se suma el agotamiento paulatino de las reservas de potasio (K) y de los cationes intercambiables (Calcio y Magnesio) por extracción en cosechas sin reposición adecuada (Sainz-Rozas et al., 2019; Larrea et al., 2023).
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